Un cardenal francés encargó la escultura para su propia tumba. Murió días antes de verla terminada. El artista que la creó tenía veintitrés años, era casi desconocido, y viajó personalmente a elegir el bloque de mármol sin una sola grieta. Cuando la obra quedó expuesta, nadie quería creer que fuera suya. Esa misma noche volvió al Vaticano con un cincel y una vela. Lo que grabó en el mármol no lo volvió a repetir en ninguna otra obra de su vida. Quinientos años después, un hombre entró a la basílica con un martillo y cambió para siempre la manera en que el mundo protege el arte. La Pietà de Miguel Ángel no es solo una escultura. Es el registro de todo lo que los humanos son capaces de crear — y de destruir.