El 24 de diciembre en Roma diluvió, y lo hizo durante todo el día. Pero eso no fue un impedimento en el Vaticano para darle la bienvenida a la Navidad. Y ni la hora, ni el frío, ni el mal tiempo jugaron en contra para los peregrinos. El papa sabía que muchos no habían podido entrar por el aforo y decidió salir a saludarlos.