Si hubo una figura importante que abarcó el debate durante sesiones del Concilio Vaticano II fue el lugar que debía ocupar María. Se dirimió la cuestión de si el concilio tenía que plantear lo que se llamaba la cuestión mariana, es decir, el papel que María jugaba en la Iglesia y en la vida cristiana y si lo tenía que tratar en un documento a parte o lo tenía que tratar incluido en la constitución sobre la Iglesia. Finalmente se aprobó que todo lo relacionado con María debía ser integrado dentro de la constitución 'Lumen Gentium'. Concretamente, se le dedicó un capítulo. A pesar de los privilegios de la Virgen, como la ausencia de pecado original, se decidió colocarla en este documento donde se desarrollan las funciones del Pueblo de Dios. De esta manera, María forma parte de la Iglesia. Tratar su imagen dentro de esta constitución hace posible que los fieles la tengan como ejemplo de santidad.