Es Ernest Simoni, un purpurado de la Iglesia católica. Y el lugar: Spaç, la cárcel donde fue prisionero durante 28 años, bajo el régimen del dictador comunista Enver Hoxha. Ahora volvió para celebrar la misa.
Hasta el 21 de septiembre de 2014, pocos sabían de su testimonio, que hizo llorar al propio papa. Fue cuando Francisco visitó Albania y escuchó cómo este simple cura fue arrestado por su fe.
De la iglesia me llevaron a las celdas de aislamiento, donde me dejaron tres meses en condiciones inhumanas. Atado así, me llevaron ante los interrogadores. El jefe me dijo: «Te colgaremos en la horca como a un enemigo, porque dijiste a la gente que todos deberíamos morir por Cristo si fuera necesario». Me apretaron tanto los grilletes de hierro de las muñecas que casi me cortan la circulación y estuve a punto de morir. Querían obligarme a pronunciarme en contra de la fe y de la jerarquía eclesiástica.
Esta es solo una pequeña parte de su historia. Tras estar en aislamiento y condenarlo a muerte, a Simoni le conmutaron esta pena con trabajos forzosos en la mina. Fue liberado en 1990. Y, al final, su vida tuvo un reconocimiento en la Iglesia. Francisco lo hizo cardenal en 2019.
