El otoño es la época de la recogida de la oliva, uno de los frutos más emblemáticos de Tierra Santa. En Getsemaní, Jerusalén, la recolección reúne a personas de diversas nacionalidades y culturas en un esfuerzo colectivo que beneficia tanto a las comunidades locales como a las celebraciones litúrgicas.
El guardián del convento de Getsemaní, el franciscano Sinisa Srebrenovic que “aunque no podemos afirmar con certeza si son testigos oculares directos, son, sin duda, descendientes de los mismos olivos que estuvieron aquí y fueron testigos de la oración de Jesús”.
De este modo, Fray Sinisa señala que la cosecha de este año ha sido abundante, gracias a unas lluvias fuera de temporada. De hecho, una sola mañana no fue suficiente para recoger todas las aceitunas de este huerto, a pesar de contar con la ayuda de voluntarios llegados de todas partes del mundo.
El aceite obtenido de la cosecha en Getsemaní tiene un propósito especial y está íntimamente ligado a la vida litúrgica de la Iglesia. “Todos nos preguntan qué hacemos con este aceite. Se utiliza para los santos óleos del Jueves Santo —bendecidos por el patriarca durante la Misa Crismal en el Santo Sepulcro—, es decir: el óleo de los enfermos, el óleo utilizado para las ordenaciones sacerdotales y el óleo para la consagración de obispos e iglesias”, agrega.
De este modo, de los olivos de Getsemaní proviene un aceite que conlleva una historia antigua y un profundo significado espiritual: un vínculo entre Tierra Santa y las comunidades cristianas de todo el mundo, renovado a través de la celebración de los sacramentos.
